Santiago escribe que «el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Santiago 2:24). Pablo, en cambio, afirma que «el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3:28). Leídos por separado, parecen contradecirse. ¿Qué hace un lector que cree que toda la Escritura procede de un mismo Dios? La respuesta clásica es un principio de interpretación llamado analogía de la fe. Este artículo explica qué es, de dónde viene, cómo se aplica y cuáles son sus límites.
Definición
La analogía de la fe es el principio según el cual cada pasaje de la Escritura debe interpretarse en armonía con la enseñanza del conjunto de la Escritura. Como la Biblia tiene un solo Autor divino, no se contradice; por eso los pasajes claros ayudan a entender los difíciles, y ninguna interpretación de un texto puede aceptarse si contradice lo que la Biblia enseña con claridad en otros lugares.
Algunos autores distinguen entre la analogía de la Escritura, que consiste en comparar pasajes paralelos que tratan el mismo tema, y la analogía de la fe en sentido estricto, que compara un pasaje con el cuerpo general de doctrina que enseña toda la Biblia. En la práctica ambas van juntas.
De dónde viene la expresión
La fórmula procede de Romanos 12:6, donde Pablo pide que quien tiene el don de profecía lo use «conforme a la medida de la fe»; la palabra griega traducida «medida» es analogía. En su contexto, el versículo habla del ejercicio de los dones y no de un método de interpretación, pero los intérpretes tomaron la expresión para nombrar un principio que, en sí mismo, sí es bíblico: la Escritura es coherente porque Dios es veraz (Tito 1:2) y «la Escritura no puede ser quebrantada» (Juan 10:35).
Los reformadores lo formularon como Scriptura sui ipsius interpres, «la Escritura es su propia intérprete». La Confesión Bautista de Londres de 1689 lo expresa así en su capítulo 1, párrafo 9: la regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura, de modo que cuando hay dudas sobre el sentido de un pasaje, debe buscarse y conocerse por otros pasajes que hablan con más claridad.
Cómo se aplica: tres ejemplos
Santiago y Pablo
Volvamos al ejemplo inicial. Pablo combate la idea de que alguien pueda ganarse la aceptación de Dios por sus obras; Santiago combate la idea de que baste una «fe» verbal que no cambia la vida («también los demonios creen, y tiemblan», Santiago 2:19). Ambos citan a Abraham, pero en momentos distintos: Pablo, cuando Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis 15:6; Romanos 4:3); Santiago, cuando, años después, ofreció a Isaac (Génesis 22; Santiago 2:21). Pablo explica cómo es declarado justo el pecador; Santiago, cómo se demuestra que esa fe es verdadera. No se contradicen: responden a preguntas distintas. Como resumieron los reformadores, somos justificados solo por la fe, pero la fe que justifica nunca está sola.
«El Padre mayor es que yo»
Algunos grupos usan Juan 14:28 para negar la deidad de Cristo. Pero el mismo evangelio afirma que «el Verbo era Dios» (1:1) y que «yo y el Padre uno somos» (10:30). A la luz del conjunto, Juan 14:28 se entiende como una referencia a la condición humilde que el Hijo asumió en la encarnación (Filipenses 2:6-8), no a una diferencia de naturaleza. Lo explicamos en la Trinidad.
Un pasaje oscuro
El «bautismo por los muertos» de 1 Corintios 15:29 es un texto cuyo sentido exacto se desconoce. La analogía de la fe no obliga a resolverlo, pero sí impide usarlo para crear una práctica o una doctrina que contradiga la enseñanza clara de que la salvación es por la fe personal en Cristo.
Los límites del principio
Como toda herramienta, la analogía de la fe puede usarse mal. Tres advertencias son importantes:
No debe anular la voz propia de cada texto. Si se armoniza demasiado pronto, se corre el riesgo de que Santiago diga lo mismo que Pablo, o Juan lo mismo que Marcos, perdiendo los énfasis particulares que Dios quiso dar a cada autor. Primero hay que escuchar cada pasaje en sus propios términos; después, relacionarlo con los demás.
No debe confundirse con un sistema teológico. El conjunto con el que se compara un pasaje es la enseñanza de la Escritura, no la tradición de una denominación. Si nuestro sistema obliga a forzar un texto para que encaje, el problema puede estar en el sistema.
Debe respetar la revelación progresiva. Walter Kaiser advirtió que, al interpretar un pasaje del Antiguo Testamento, no debemos leer en él como si su autor ya conociera todo lo que se revelaría después. Propuso hablar de una «analogía de la Escritura antecedente»: lo que ya había sido revelado cuando se escribió el pasaje. La plenitud del Nuevo Testamento ilumina el Antiguo, pero no debe borrar lo que el Antiguo dijo en su momento.
Conclusión
La analogía de la fe nace de la confianza en que Dios no se contradice. Bien usada, protege de interpretaciones aisladas y extravagantes y ayuda a ver la unidad de la Escritura. Mal usada, puede silenciar la riqueza de sus distintas voces. El equilibrio está en escuchar primero cada texto con atención y, después, dejar que toda la Biblia ilumine cada una de sus partes.
Bibliografía recomendada
- Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689, capítulo 1, párrafo 9.
- Kaiser, Walter C. Toward an Exegetical Theology. Grand Rapids: Baker, 1981.
- Virkler, Henry A. Hermenéutica: principios y procesos de interpretación bíblica. Miami: Editorial Vida.
- Martínez, José M. Hermenéutica bíblica. Terrassa: CLIE, 1984.

