Cuando Moisés pidió ver la gloria de Dios, el Señor pasó delante de él y proclamó su propio nombre: «¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (Éxodo 34:6). Dios no se presentó con una definición abstracta, sino describiendo cómo es. A esas perfecciones que la Escritura revela sobre su carácter la teología las llama atributos de Dios.
Estudiarlos no es un ejercicio de curiosidad. J. I. Packer escribió en Hacia el conocimiento de Dios que conocer a Dios es la razón por la que fuimos creados, y A. W. Tozer afirmó en El conocimiento del Dios santo que lo que viene a nuestra mente cuando pensamos en Dios es lo más importante acerca de nosotros. En este artículo veremos qué son los atributos, cómo suelen clasificarse y qué dice la Biblia de los principales.
Qué son los atributos de Dios
Un atributo de Dios es una perfección de su ser que él mismo ha revelado. Hay que hacer dos precisiones. La primera: los atributos no son partes de Dios, como si su amor fuera una porción y su justicia otra. Dios es plenamente amoroso y plenamente justo a la vez; sus atributos describen a un solo ser desde distintos ángulos. La segunda: no conocemos los atributos de Dios por especulación filosófica, sino porque él los ha dado a conocer en la creación, en la Escritura y, de manera suprema, en Jesucristo (Juan 14:9; Hebreos 1:3).
Comunicables e incomunicables: una clasificación útil
La teología reformada, en autores como Louis Berkhof y Wayne Grudem, suele dividir los atributos en dos grupos:
- Incomunicables: los que Dios no comparte con sus criaturas, como la eternidad o la omnipresencia. Ningún ser humano puede tenerlos ni siquiera en pequeña medida.
- Comunicables: los que Dios refleja, en cierta medida, en los seres humanos creados a su imagen, como el amor, la justicia o la sabiduría.
La clasificación tiene un límite que conviene recordar: incluso los atributos comunicables están en Dios de forma infinita, perfecta e inmutable. Nuestro amor es un reflejo real, pero limitado; el de Dios no tiene límite. La diferencia entre el Creador y la criatura nunca desaparece.
Atributos incomunicables
Independencia o aseidad
Dios no necesita nada ni a nadie para existir o para ser feliz. Pablo lo explicó a los atenienses: Dios «no es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25). El término técnico, aseidad, viene del latín a se, «de sí mismo». Dios no nos creó porque estuviera solo o incompleto, sino por pura generosidad.
Inmutabilidad
Dios no cambia en su ser, en su carácter ni en sus propósitos: «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos» (Malaquías 3:6). En el Padre «no hay mudanza, ni sombra de variación» (Santiago 1:17). Esto no significa que Dios sea inmóvil o indiferente: responde a la oración y actúa en la historia. Pero lo hace siempre de acuerdo con un carácter que no varía, y por eso sus promesas son firmes.
Eternidad
Dios no tiene principio ni fin: «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2). No envejece ni se le acaba el tiempo. Para un pueblo que vive de prisa y con fecha de caducidad, esto es un consuelo: el Dios que hizo promesas a Abraham es el mismo que escucha hoy.
Omnipresencia
Dios está presente con todo su ser en todo lugar: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (Salmo 139:7). No está repartido por el universo, un poco aquí y un poco allá, ni confundido con la creación, como enseña el panteísmo. Está entero en cada lugar sin dejar de ser distinto de todo lo creado.
Omnisciencia
Dios conoce todas las cosas, incluidas nuestras intenciones más ocultas: «no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13). David lo descubre con asombro: «Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda» (Salmo 139:4).
Omnipotencia
Dios puede hacer todo lo que es coherente con su naturaleza: «no hay nada que sea difícil para ti» (Jeremías 32:17); «nada hay imposible para Dios» (Lucas 1:37). Hay cosas que Dios no hace, pero no por falta de poder, sino porque contradirían su carácter: Dios «no miente» (Tito 1:2) y «no puede negarse a sí mismo» (2 Timoteo 2:13).
Atributos comunicables
Santidad
Es el único atributo que la Biblia repite tres veces seguidas: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Santidad significa, en primer lugar, que Dios es distinto y está por encima de todo lo creado, y en segundo lugar, que es moralmente puro, sin mezcla de mal. Por eso Isaías, al verlo, no se sintió inspirado, sino perdido: «¡Ay de mí! que soy muerto» (Isaías 6:5). Y por eso el llamado a los creyentes es: «sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16).
Justicia
Dios siempre actúa conforme a lo recto: «todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto» (Deuteronomio 32:4). Su justicia explica por qué el pecado no puede pasarse por alto y, a la vez, por qué la cruz era necesaria: en Cristo, Dios es «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Romanos 3:26).
Amor
«Dios es amor» (1 Juan 4:8). No dice solo que Dios ama, sino que el amor pertenece a su ser. Su expresión suprema es el envío del Hijo: «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10). Este amor eterno se entiende mejor a la luz de la doctrina de la Trinidad: antes de que existiera el mundo, el Padre amaba al Hijo (Juan 17:24).
Misericordia y gracia
La misericordia es la compasión de Dios hacia quienes sufren; la gracia, su favor hacia quienes no lo merecen. Ambas aparecen en la autorrevelación de Éxodo 34:6 y recorren toda la Biblia. La gracia no anula la justicia: Dios perdona «la iniquidad, la rebelión y el pecado», pero en el mismo pasaje afirma que «de ningún modo tendrá por inocente al malvado» (Éxodo 34:7). Ambas verdades se encuentran en la cruz.
Veracidad y fidelidad
«Dios no es hombre, para que mienta» (Números 23:19). Todo lo que Dios dice es verdad y todo lo que promete lo cumple. De ahí depende la confianza en la Escritura y en las promesas de la salvación: «fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24).
Sabiduría
Dios no solo lo sabe todo, sino que siempre elige los mejores fines y los mejores medios para alcanzarlos. Pablo, después de exponer el plan de salvación para judíos y gentiles, termina adorando: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Romanos 11:33).
Un error frecuente: aislar un atributo
Muchas desviaciones doctrinales comienzan por subrayar un atributo a costa de los demás. Un Dios de amor sin santidad se convierte en un abuelo permisivo que no toma en serio el pecado; un Dios de justicia sin misericordia se vuelve un juez implacable del que solo cabe huir. La Biblia presenta los atributos de Dios en armonía, y en ningún lugar se ve esa armonía con más claridad que en la cruz, donde la justicia y el amor de Dios se encuentran sin contradecirse.
Por qué importa conocer los atributos de Dios
La doctrina de los atributos tiene consecuencias muy prácticas. La inmutabilidad de Dios sostiene la fe cuando todo cambia; su omnisciencia consuela a quien se siente incomprendido y advierte a quien cree que su pecado está oculto; su soberanía y su sabiduría permiten descansar cuando no entendemos lo que sucede. Y su santidad, unida a su amor, da forma a la adoración: nos acercamos con reverencia, pero también con confianza, porque el Dios santo es también nuestro Padre.
Conclusión
Ninguna lista agota a Dios, y toda clasificación de sus atributos es solo una ayuda para pensar con orden. Pero estudiar lo que Dios ha revelado de sí mismo es el mejor antídoto contra la idolatría moderna, que consiste en imaginar un dios a nuestra medida. Como dice el Señor por medio de Jeremías, el único motivo legítimo de gloria es «entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra» (Jeremías 9:24).
Bibliografía recomendada
- Packer, J. I. Hacia el conocimiento de Dios. Miami: Editorial Unilit.
- Tozer, A. W. El conocimiento del Dios santo. Miami: Editorial Vida.
- Grudem, Wayne. Teología sistemática. Miami: Editorial Vida, 2007. Capítulos 11-13.
- Berkhof, Louis. Teología sistemática. Grand Rapids: T.E.L.L.
- Charnock, Stephen. The Existence and Attributes of God. 1682.
- Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689, capítulo 2.

Excelente, me quedare por aqui verificando la página