La justificación por la fe: cómo es declarado justo el pecador

¿Cómo puede un ser humano pecador estar en paz con un Dios santo? Es la pregunta que se hizo Job —«¿cómo se justificará el hombre con Dios?» (Job 9:2)— y la que atormentó a Martín Lutero en su celda de Wittenberg. La respuesta de la Biblia, recuperada con fuerza en la Reforma, se resume en la doctrina de la justificación por la fe. Lutero la consideró el centro del evangelio, y la tradición posterior la describió como el artículo con el que la iglesia se mantiene en pie o cae. Este artículo explica qué significa, en qué se apoya y por qué sigue siendo decisiva.

Qué significa «justificar»

En la Biblia, «justificar» no significa «hacer justo» a alguien cambiando su carácter, sino «declararlo justo» en un juicio. Es un término legal. La ley de Moisés ordenaba a los jueces que «absolverán al justo, y condenarán al culpable» (Deuteronomio 25:1), y Proverbios condena a quien «justifica al impío» (Proverbios 17:15). El juez no transforma al acusado; dicta una sentencia sobre su situación ante la ley.

Por eso resulta tan asombrosa la afirmación de Pablo: Dios es el que «justifica al impío» (Romanos 4:5). Lo que en un juez humano sería una injusticia, Dios lo hace de manera justa. ¿Cómo es posible?

El problema: nadie es justo

Pablo dedica los primeros capítulos de Romanos a mostrar que todos, judíos y gentiles, están bajo el pecado: «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10). La conclusión es clara: «por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él» (3:20). No se trata de que nuestras buenas obras sean insuficientes por poco; es que incluso ellas están manchadas por el pecado (Isaías 64:6). Si la aceptación ante Dios dependiera de nuestro desempeño, nadie la alcanzaría.

La solución: la justicia de Dios en Cristo

«Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios… por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen» (Romanos 3:21-22). Los creyentes son «justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (3:24-25). Dios no pasa por alto el pecado: lo castiga en Cristo, y así puede ser «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (3:26).

La justificación incluye dos aspectos. El primero es el perdón de los pecados: Pablo cita el Salmo 32, «bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas» (Romanos 4:7). El segundo es la imputación de la justicia de Cristo: el verbo que usa Pablo, «contar» o «atribuir» (logizomai), aparece una y otra vez en Romanos 4. Pablo lo resume en una frase: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). Los reformadores lo llamaron el «dulce intercambio»: Cristo carga con nuestro pecado, y nosotros recibimos su justicia. Pablo deseaba ser hallado en Cristo «no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo» (Filipenses 3:9).

Por la fe sola

«Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3:28). La fe no es una buena obra que Dios recompensa, ni una virtud que merezca la salvación. Es el medio por el que recibimos lo que Cristo hizo, como una mano vacía que acepta un regalo. Por eso la salvación es «por gracia… por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).

Pablo apoya esta enseñanza en Abraham: «Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia» (Romanos 4:3, citando Génesis 15:6). Abraham fue declarado justo antes de ser circuncidado y siglos antes de que existiera la ley de Moisés, lo que muestra que la justificación nunca dependió de las obras.

¿Y Santiago?

Santiago escribe que «el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Santiago 2:24). No contradice a Pablo: responden a preguntas distintas. Pablo explica cómo un pecador es aceptado por Dios; Santiago combate una «fe» de palabras que no cambia la vida, como la de los demonios, que «creen, y tiemblan» (2:19). La fe que justifica nunca está sola: produce obras. Lo explicamos con detalle en la analogía de la fe.

Justificación y santificación

Conviene distinguir la justificación de la santificación. La justificación es un acto de Dios, ocurre una vez, es completa y cambia la situación legal del creyente: ya no hay condenación (Romanos 8:1). La santificación es una obra progresiva por la que el Espíritu transforma el carácter del creyente a lo largo de toda su vida. Ambas son inseparables, porque Dios nunca justifica a alguien sin empezar también a transformarlo; pero no deben confundirse. Si se confunden, la seguridad del creyente pasa a depender de su progreso moral, y la gracia deja de ser gracia. Lo desarrollamos en qué es la vida cristiana.

En la historia

Esta doctrina estuvo en el centro de la Reforma Protestante. El Concilio de Trento, en su decreto sobre la justificación (1547), la entendió como un proceso que incluye la renovación interior del creyente y rechazó que el pecador fuera justificado por la fe sola. Las confesiones protestantes, entre ellas la Confesión Bautista de Londres de 1689 en su capítulo 11, afirmaron que Dios justifica no infundiendo justicia en el creyente, sino perdonando sus pecados y contándolo como justo por causa de Cristo, recibido por la fe. En las últimas décadas, la llamada «nueva perspectiva sobre Pablo», asociada a autores como E. P. Sanders y N. T. Wright, ha propuesto releer estos textos en el contexto del judaísmo del siglo I; el debate ha sido intenso, y muchos teólogos evangélicos, como Thomas Schreiner, han defendido la lectura de la Reforma. Puedes leer más en la Reforma Protestante.

Lo que produce

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1). Quien entiende la justificación deja de vivir intentando ganarse la aceptación de Dios, porque ya la tiene en Cristo. Eso no conduce a la pereza, sino a la gratitud, y la gratitud es una motivación para obedecer mucho más profunda que el miedo. También produce humildad, porque nadie puede jactarse de algo recibido como regalo, y seguridad, porque la base de nuestra aceptación no es nuestra obra, que cambia, sino la de Cristo, que está terminada.

Conclusión

La justificación por la fe es la buena noticia en su forma más pura: Dios declara justo al impío que confía en Cristo, no por lo que ha hecho, sino por lo que Cristo hizo por él. Ninguna otra respuesta a la pregunta de Job deja al ser humano tan humillado y, a la vez, tan seguro.

Bibliografía recomendada

  • Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689, capítulo 11: «De la justificación».
  • Lutero, Martín. Comentario a la epístola a los Gálatas.
  • Schreiner, Thomas R. Faith Alone: The Doctrine of Justification. Grand Rapids: Zondervan, 2015.
  • Buchanan, James. The Doctrine of Justification. Edimburgo, 1867.
  • Grudem, Wayne. Teología sistemática. Miami: Editorial Vida, 2007. Capítulo 36.

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