¿Quién decidió qué libros forman la Biblia? La pregunta aparece en conversaciones con escépticos, en documentales sobre «evangelios perdidos» y también en el diálogo con católicos, cuyas Biblias incluyen siete libros del Antiguo Testamento que las Biblias evangélicas no contienen. Responderla bien exige distinguir entre lo que la historia muestra y lo que la teología afirma. Esta es la doctrina del canon bíblico.
Qué significa «canon»
La palabra griega kanōn designaba una caña o vara usada para medir, y de ahí pasó a significar «norma» o «regla». Pablo la usa en ese sentido: «a todos los que anden conforme a esta regla» (Gálatas 6:16). Aplicada a la Biblia, designa la lista de libros reconocidos como Escritura inspirada y, por tanto, como norma de fe y conducta.
Una distinción es decisiva desde el principio: la iglesia no creó el canon, sino que lo reconoció. Un libro no es Palabra de Dios porque una asamblea lo vote, sino porque Dios lo inspiró; lo que hizo la iglesia, a lo largo de un proceso, fue reconocer la autoridad que esos libros ya tenían. Como lo expresó J. I. Packer, la iglesia no dio a sí misma el canon, del mismo modo que Isaac Newton no creó la gravedad: solo la reconoció.
El canon del Antiguo Testamento
Los 39 libros del Antiguo Testamento de las Biblias evangélicas son exactamente los mismos que la Biblia hebrea, aunque los judíos los cuentan como 24 porque agrupan, por ejemplo, los doce profetas menores en un solo libro. La Biblia hebrea se divide en tres secciones: la Ley (Torá), los Profetas (Neviím) y los Escritos (Ketuvim); de sus iniciales procede el nombre Tanaj.
Jesús se refiere a esa estructura cuando habla de lo que está escrito «en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24:44); los Salmos encabezaban la tercera sección. También menciona la sangre derramada «desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías» (Mateo 23:35): Abel aparece en Génesis y Zacarías en 2 Crónicas 24, el último libro en el orden hebreo. Es decir, «de principio a fin» de las Escrituras que él reconocía. El historiador judío Flavio Josefo, a finales del siglo I, describe en Contra Apión un conjunto cerrado de libros sagrados que coincide con este canon.
A veces se afirma que el canon hebreo lo fijó un «concilio de Jamnia» hacia el año 90. Los historiadores actuales consideran que esa reunión no fue un concilio que decidiera el canon, sino, como mucho, una discusión entre rabinos sobre libros que ya eran aceptados.
Los libros deuterocanónicos o apócrifos
Las Biblias católicas incluyen siete libros más en el Antiguo Testamento —Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico (Sirácida) y Baruc—, además de añadidos a Ester y Daniel. Los católicos los llaman deuterocanónicos; los protestantes, apócrifos. Estos libros formaban parte de muchas copias de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, pero nunca fueron parte de la Biblia hebrea.
Los evangélicos no los consideran Escritura inspirada por varias razones: no formaban parte del canon judío, al que se refiere Pablo cuando dice que a Israel «le ha sido confiada la palabra de Dios» (Romanos 3:2); el Nuevo Testamento nunca los cita como Escritura; y el propio 1 Macabeos reconoce que en su época no había profetas (1 Macabeos 9:27). Jerónimo, el traductor de la Vulgata, los distinguió de los libros canónicos en sus prólogos. La Iglesia católica los declaró canónicos de forma definitiva en el Concilio de Trento, en 1546. Muchos protestantes los valoran como lectura histórica útil, sobre todo los Macabeos, pero no como norma de fe.
El canon del Nuevo Testamento
Ya dentro del propio Nuevo Testamento hay señales de que los escritos apostólicos se reconocían como Escritura. Pedro coloca las cartas de Pablo al lado de «las otras Escrituras» (2 Pedro 3:16), y Pablo, en 1 Timoteo 5:18, cita como «Escritura» una frase que aparece en Lucas 10:7: «Digno es el obrero de su salario».
En el siglo II, Ireneo de Lyon defiende que hay exactamente cuatro evangelios, ni más ni menos. El llamado Fragmento Muratoriano, una lista antigua de libros del Nuevo Testamento, recoge la mayoría de los que hoy aceptamos. El hereje Marción, hacia el año 140, propuso un canon recortado que solo incluía una versión mutilada de Lucas y diez cartas de Pablo, lo que obligó a la iglesia a precisar qué libros reconocía.
La primera lista conocida con exactamente los 27 libros actuales aparece en la carta pascual de Atanasio de Alejandría del año 367. Los sínodos de Hipona (393) y Cartago (397) confirmaron esa lista. Algunos libros, como Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis, fueron discutidos durante un tiempo en algunas regiones antes de ser aceptados de forma general.
Los criterios de reconocimiento
Al examinar qué libros aceptaba, la iglesia antigua se guió por varias preguntas:
- Apostolicidad: ¿procede el libro de un apóstol o de alguien de su círculo cercano, como Marcos o Lucas?
- Ortodoxia: ¿está de acuerdo con la fe recibida de los apóstoles?
- Antigüedad: ¿se escribió en la época apostólica?
- Uso general: ¿se leía como Escritura en las iglesias de todas partes, y no solo en una región?
Estos criterios explican por qué se rechazaron obras como el Evangelio de Tomás, encontrado en Nag Hammadi (Egipto) en 1945. Se trata de una colección de dichos atribuidos a Jesús, con influencia gnóstica, que la mayoría de los especialistas fecha en el siglo II, muy lejos del testimonio apostólico.
¿Está cerrado el canon?
Los evangélicos sostienen que sí. El fundamento de la iglesia son «los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:20), y un fundamento se pone una sola vez. Dios habló de forma definitiva por medio del Hijo (Hebreos 1:1-2), y la fe fue «una vez dada a los santos» (Judas 3). Por eso no esperamos nuevos libros inspirados, y cualquier pretendida revelación posterior debe ser evaluada por la Escritura, no añadida a ella.
Conclusión
El canon no fue el resultado de una votación arbitraria ni de una conspiración tardía, sino de un proceso en el que la iglesia reconoció la voz de su Señor en los escritos de sus profetas y apóstoles. Para el creyente, la confianza en el canon descansa en última instancia en la providencia de Dios, que no solo inspiró su Palabra, sino que también guió a su pueblo para reconocerla y preservarla.
Bibliografía recomendada
- Bruce, F. F. The Canon of Scripture. Downers Grove: InterVarsity Press, 1988.
- Kruger, Michael J. Canon Revisited. Wheaton: Crossway, 2012.
- Metzger, Bruce M. The Canon of the New Testament. Oxford: Clarendon Press, 1987.
- Grudem, Wayne. Teología sistemática. Miami: Editorial Vida, 2007. Capítulo 3.
