La existencia de Dios: lo que enseña la Biblia y los argumentos clásicos

La Biblia no comienza con un argumento para demostrar que Dios existe. Comienza afirmándolo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Sin embargo, a lo largo de la historia, y especialmente desde la Ilustración, muchas personas han puesto en duda esa afirmación, y hoy no pocos jóvenes crecen convencidos de que creer en Dios es incompatible con pensar con rigor. Este artículo explica qué dice la Escritura sobre la existencia de Dios, presenta los principales argumentos que los cristianos han ofrecido y señala qué pueden y qué no pueden hacer esos argumentos.

Lo que dice la Biblia

Dios es el punto de partida. La Escritura no trata la existencia de Dios como una hipótesis que haya que comprobar, sino como la realidad primera de la que depende todo lo demás. Dios se presenta a Moisés como «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14): el que existe por sí mismo, sin depender de nada.

Todos saben que Dios existe. Pablo afirma algo sorprendente: el problema del ser humano no es la falta de información, sino la resistencia a la verdad. «Lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó… pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios» (Romanos 1:19, 21). Explicamos cómo se da a conocer Dios en la revelación divina.

Negar a Dios es una cuestión moral, no solo intelectual. «Dice el necio en su corazón: No hay Dios» (Salmo 14:1). En la Biblia, el «necio» no es alguien con poca inteligencia, sino alguien que vive como si no tuviera que rendir cuentas a nadie. El salmo continúa describiendo su corrupción moral. Esto no significa que todo ateo sea una persona inmoral, sino que la incredulidad tiene raíces más profundas que la falta de argumentos.

Los argumentos clásicos

Aunque la Biblia no se apoya en ellos, los cristianos han desarrollado a lo largo de los siglos varios argumentos que muestran que creer en Dios es razonable. Tomás de Aquino propuso en el siglo XIII sus famosas «cinco vías» en la Suma teológica, y autores modernos han reformulado muchos de ellos. Estos son los principales:

El argumento cosmológico

Parte de una observación sencilla: las cosas existen y no se explican a sí mismas. En una de sus versiones más conocidas, defendida hoy por William Lane Craig, el razonamiento es: todo lo que comienza a existir tiene una causa; el universo comenzó a existir; por tanto, el universo tiene una causa. La cosmología del siglo XX, con la teoría del Big Bang, dio fuerza a la segunda premisa, porque indica que el universo tuvo un comienzo. Una causa capaz de producir todo el espacio, el tiempo y la materia tendría que ser algo que esté fuera de ellos, inmensamente poderoso y, como argumenta Craig, personal.

El argumento del diseño

En 1802, William Paley lo ilustró con un ejemplo célebre: si encontramos un reloj en el campo, no pensamos que se formó por casualidad, sino que tuvo un relojero. Hoy el argumento se formula a menudo a partir del llamado ajuste fino del universo: varias constantes físicas tienen valores dentro de márgenes extremadamente estrechos que permiten la existencia de la vida. Si fueran ligeramente distintas, no podrían existir estrellas estables ni química compleja. Los críticos proponen alternativas, como la existencia de múltiples universos, pero muchos consideran que un diseñador inteligente es la explicación más sencilla. El Salmo 19 ya lo expresaba poéticamente: «los cielos cuentan la gloria de Dios».

El argumento moral

Casi todo el mundo está convencido de que algunas cosas son realmente malas —torturar a un niño por diversión, por ejemplo—, no solo desagradables o culturalmente rechazadas. Pero si no existe Dios, ¿de dónde procede esa obligación moral objetiva? C. S. Lewis desarrolló este argumento en la primera parte de Mero cristianismo: la existencia de una ley moral que todos reconocemos, y que todos quebrantamos, apunta a un Legislador. La Biblia lo explica diciendo que la ley está «escrita en sus corazones» (Romanos 2:15).

El argumento ontológico

Formulado por Anselmo de Canterbury en el siglo XI, parte de la idea de Dios como «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse» y sostiene que un ser así debe existir realmente, porque existir en la realidad es mayor que existir solo en la mente. Es el argumento más discutido: filósofos como Immanuel Kant lo rechazaron, mientras que otros, como Alvin Plantinga, han defendido versiones modernas. Para la mayoría de los lectores es menos intuitivo que los anteriores.

El argumento histórico: Jesús resucitado

Para la fe cristiana, la evidencia más importante no es filosófica, sino histórica. Si Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos, eso muestra no solo que Dios existe, sino quién es: el Dios que se ha revelado en Cristo. Pablo lo presentó así en Atenas: Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo… dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:31). Lo tratamos en tipos de apologética cristiana.

Lo que los argumentos pueden y no pueden hacer

Los argumentos no son la base de la fe del creyente, que descansa en la revelación de Dios, pero son útiles. Muestran que creer en Dios no es irracional, quitan obstáculos a quienes buscan y fortalecen a creyentes que atraviesan dudas. Al mismo tiempo tienen límites: en el mejor de los casos conducen a un Creador poderoso, inteligente y moral, pero no revelan por sí solos la Trinidad, el perdón de los pecados ni el camino de la salvación. Y ningún argumento puede cambiar un corazón; eso es obra del Espíritu Santo (Juan 16:8). Lo desarrollamos en fe y razón.

Una objeción seria: el problema del mal

La objeción más fuerte contra la existencia de Dios no es filosófica en abstracto, sino existencial: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué existe tanto sufrimiento? No hay una respuesta que elimine todo misterio, y la Biblia no la ofrece; Job nunca supo por qué sufrió. Pero la fe cristiana sí ofrece algo que ningún otro sistema ofrece: un Dios que no observa el sufrimiento desde lejos, sino que entró en él en la persona de su Hijo, lo venció en la cruz y promete enjugar toda lágrima (Apocalipsis 21:4). Además, la propia indignación ante el mal presupone un estándar moral objetivo, que, como vimos, apunta a Dios.

Conclusión

«Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Hebreos 11:6). Creer en la existencia de Dios no es un salto en el vacío: la creación, la conciencia, la historia y, sobre todo, Jesucristo dan testimonio de él. Pero la Biblia no se conforma con que creamos que Dios existe; nos invita a conocerlo, confiar en él y buscarlo, con la promesa de que quienes lo buscan de todo corazón lo encuentran (Jeremías 29:13).

Bibliografía recomendada

  • Lewis, C. S. Mero cristianismo.
  • Keller, Timothy. ¿Es razonable creer en Dios? Barcelona: Andamio.
  • Craig, William Lane. Reasonable Faith. 3.ª ed. Wheaton: Crossway, 2008.
  • Feser, Edward. Five Proofs of the Existence of God. San Francisco: Ignatius Press, 2017.
  • Lennox, John C. God’s Undertaker: Has Science Buried God? Oxford: Lion, 2007.

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