Hay creyentes con veinte años de iglesia que siguen reaccionando ante los problemas exactamente igual que el primer día, y hay otros con pocos años de fe que muestran una madurez sorprendente. El tiempo, por sí solo, no produce crecimiento espiritual. Tampoco lo produce la cantidad de actividades o de conocimientos. Este artículo explica qué es la madurez cristiana según la Biblia, cómo crece el creyente y qué suele impedirlo.
El crecimiento es esperado
El Nuevo Testamento da por sentado que el creyente debe crecer. Pedro termina su segunda carta con un mandato: «creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pedro 3:18). En su primera carta usa la imagen de un bebé: «desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella creáis para salvación» (1 Pedro 2:2). Y el autor de Hebreos reprende a sus lectores porque, debiendo ser ya maestros, «tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar» y seguían necesitando leche en lugar de alimento sólido (Hebreos 5:12). Seguir siendo un niño espiritual no es una opción neutral, sino un problema.
Cuál es la meta
El crecimiento tiene una dirección clara: parecerse a Cristo. Dios predestinó a los suyos «para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29). Pablo describe la meta de la iglesia como llegar «a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo», para que «ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina», sino que, «siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo» (Efesios 4:13-15).
Este pasaje muestra que la madurez no es solo individual: Pablo habla del crecimiento de todo el cuerpo, que «va edificándose en amor» (4:16). Y muestra dos rasgos de la madurez: estabilidad doctrinal y verdad dicha con amor.
Las señales de la madurez
La Biblia no mide la madurez por el talento, la elocuencia o la popularidad. Algunos de sus indicadores son:
- Amor creciente: Pablo dice que sin amor, aunque tuviera todo conocimiento, «nada soy» (1 Corintios 13:2).
- Discernimiento: los maduros son los que «por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal» (Hebreos 5:14).
- Estabilidad: no ser arrastrado por cada novedad doctrinal (Efesios 4:14).
- Dominio de la lengua: «si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto» (Santiago 3:2).
- Humildad: cuanto más se conoce a Dios, más consciente se es del propio pecado y de la propia necesidad de gracia.
Quién produce el crecimiento
El crecimiento espiritual es, en última instancia, obra de Dios: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Pablo lo resume con una imagen agrícola: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Corintios 3:6). Pero eso no hace pasivo al creyente. El mismo Pablo manda: «ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer» (Filipenses 2:12-13). Dios obra, y precisamente por eso nuestro esfuerzo tiene sentido.
Los medios del crecimiento
Dios suele usar medios ordinarios para hacer crecer a los suyos:
La Palabra. Jesús oró: «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17). No se puede crecer en semejanza a Cristo sin conocer lo que la Escritura revela de él.
La oración. Es el modo en que el creyente expresa su dependencia de Dios y mantiene viva su relación con él. Lo desarrollamos, junto con otros hábitos, en las disciplinas espirituales.
La iglesia. La predicación, las ordenanzas del bautismo y la Cena del Señor, la comunión y la exhortación mutua son instrumentos de crecimiento. Nadie madura solo.
Las pruebas. Es el medio que nadie elige y que Dios usa con frecuencia. Santiago escribe: «tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia», para que seáis «perfectos y cabales» (Santiago 1:2-4). Pablo describe la misma cadena: tribulación, paciencia, prueba, esperanza (Romanos 5:3-5).
Lo que impide crecer
Algunos obstáculos frecuentes son el pecado tolerado y no confesado, que endurece el corazón (Hebreos 3:13); el aislamiento de la comunidad; una fe reducida a conocimiento intelectual sin obediencia (Santiago 1:22); la comparación con otros creyentes, que conduce al orgullo o al desánimo; y la prisa por ver resultados inmediatos. El crecimiento espiritual se parece más al de un árbol que al de un hongo: es lento, a veces imperceptible, pero real.
Un proceso de toda la vida
Pablo, al final de su ministerio, no se consideraba llegado a la meta: «no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo» (Filipenses 3:12). La transformación del creyente avanza «de gloria en gloria» (2 Corintios 3:18) y solo será completa cuando veamos a Cristo. Esto libera de dos trampas: la del perfeccionismo, que se desespera ante cada caída, y la de la complacencia, que se conforma con lo ya alcanzado.
Conclusión
El crecimiento espiritual no es un programa que se completa, sino una vida que se cultiva. Su meta es Cristo, su motor es la gracia de Dios, sus medios son la Palabra, la oración, la iglesia y las pruebas, y su fruto es un carácter cada vez más parecido al de Jesús. Quien persevera en estos medios, aunque no siempre perciba el avance, puede descansar en la promesa de que Dios termina lo que comienza.
Bibliografía recomendada
- Bridges, Jerry. The Discipline of Grace. Colorado Springs: NavPress, 1994.
- Bridges, Jerry. En pos de la santidad.
- Stott, John. El discípulo radical. Buenos Aires: Certeza Unida.
- Packer, J. I. Hacia el conocimiento de Dios. Miami: Editorial Unilit.
